Por qué las personas que sufren relaciones manipuladoras no siempre encuentran la comprensión necesaria, ni siquiera ante la policía, los servicios de protección de menores o los tribunales, y qué quieren hacer dos expertas para cambiar esta situación.
Puede afectar a cualquiera. A mujeres y hombres, jóvenes y mayores. También a personas económicamente independientes. El maltrato psicológico no depende de la inteligencia, la formación, la edad ni la posición social. Y, sin embargo, persiste la idea de que quienes sufren relaciones manipuladoras son, sobre todo, personas inseguras o débiles.
Al fin y al cabo, ¿quién se enamora de alguien que desde el principio controla, humilla y manipula? La mayoría de las víctimas cuentan que, al comienzo, vivieron una relación extraordinariamente intensa. Hablan de atención, cariño y de la sensación de haber encontrado por fin a la persona adecuada. Solo poco a poco empieza a cambiar el comportamiento de la pareja. Las críticas se vuelven más frecuentes, se traspasan límites y se cuestiona su percepción de la realidad. Lo que al principio parecen malentendidos aislados acaba revelándose como un patrón de control, manipulación y desestabilización.
Lo peligroso es que estos cambios suelen producirse de forma tan gradual que las personas afectadas pasan mucho tiempo buscando las causas en sí mismas. Intentan evitar conflictos, adaptan su comportamiento y, en ese proceso, van perdiendo la confianza en su propia percepción. No es raro que solo al mirar atrás comprendan la magnitud de la violencia psicológica que han sufrido.
«El problema es que las personas de fuera suelen fijarse únicamente en incidentes aislados», explica Marion Schimmelpfennig, periodista científica, autora de libros y coach especializada en acompañar a personas que han sufrido maltrato psicológico. «Lo que se pasa por alto es el patrón que forman todos esos incidentes. Y es precisamente ese patrón lo que constituye el maltrato».
Cuando la separación no pone fin al maltrato
Quien sale de una relación así a menudo está todavía muy lejos de haber superado la parte más difícil. Las consecuencias psicológicas y físicas pueden persistir durante muchos años. La tensión crónica, los trastornos del sueño, la ansiedad, las dudas sobre uno mismo y las dificultades para volver a confiar en otras personas son algunos de los posibles efectos, al igual que el agotamiento extremo, los problemas de concentración, los dolores de cabeza y musculares o las molestias gastrointestinales. El sistema nervioso puede seguir en estado de alerta incluso cuando la amenaza inmediata ha desaparecido hace tiempo.
«Una separación puede poner fin a la situación de presión inmediata, pero no elimina automáticamente las secuelas psicológicas», explica Kerstin Klabuhn, licenciada en Psicología. «Quien ha vivido durante mucho tiempo con miedo y tensión no puede cambiar de estado de un momento a otro. El sistema nervioso primero tiene que volver a aprender que no existe un peligro constante».
La situación se complica especialmente cuando hay hijos en común. En ese caso, por lo general no es posible cortar por completo el contacto con la expareja. Los conflictos relacionados con las visitas, la custodia y las pensiones de alimentos añaden nuevas cargas. Las conductas controladoras y manipuladoras suelen continuar después de la separación: mediante amenazas, presiones económicas, contactos constantes o la instrumentalización de los hijos.
Para quienes viven esta situación comienza una segunda lucha: no solo tienen que reconstruir su propia vida, sino también convencer a otras personas e instituciones de que la violencia sufrida es real.
Cuando las víctimas pasan a ser consideradas personas «difíciles»
La violencia psicológica rara vez deja huellas visibles. Sus consecuencias, en cambio, pueden marcar por completo el comportamiento de una persona. Quien ha sido manipulado, intimidado y menospreciado durante años puede reaccionar con miedo, desconfianza, desesperación o una mayor sensibilidad emocional.
Y eso mismo puede convertirse en un problema cuando busca ayuda.
Mientras la pareja manipuladora puede mostrarse ante los demás tranquila, objetiva y convincente, la persona afectada puede parecer alterada, insegura o contradictoria. Quien desconoce la dinámica de la violencia psicológica corre el riesgo de interpretar precisamente las consecuencias del maltrato en contra de la víctima.
Esto resulta especialmente problemático en los conflictos sobre la custodia y el régimen de visitas. En estos casos, a menudo se considera que ambos progenitores son igualmente responsables del conflicto. Se pasa por alto que quizá uno de ellos ha controlado, intimidado y manipulado al otro durante años, y que sigue haciéndolo después de la separación.
Así, la violencia psicológica acaba interpretándose como una disputa corriente entre progenitores. Las consecuencias pueden ser graves: de cómo valoren la situación los servicios de protección de menores y los tribunales dependerán las decisiones que adopten y el grado de protección que reciban las personas afectadas y sus hijos.
Por supuesto, la policía, los servicios de protección de menores y los tribunales deben examinar las denuncias y acusaciones con rigor y sin prejuicios. Pero precisamente para ello es imprescindible contar con conocimientos sólidos sobre la violencia psicológica. Quien no reconoce sus mecanismos tampoco puede tenerlos debidamente en cuenta.
Cuando nadie comprende lo que ha ocurrido
Una de las mayores dificultades para quienes han sufrido maltrato psicológico consiste en conseguir que otras personas comprendan lo que han vivido.
Porque ¿cómo se explica una manipulación que ha durado años si cada episodio, considerado por separado, parece inofensivo? ¿Cómo se describe un sistema de desvalorizaciones sutiles, medias verdades, inversión de la culpa, intimidación y control cuando quienes escuchan solo contemplan situaciones aisladas?
Quien oye hablar únicamente de incidentes concretos a menudo no comprende hasta qué punto las constantes desvalorizaciones, mentiras y manipulaciones pueden desgastar a una persona a lo largo de los años.
A ello se suma que años de manipulación pueden llevar a las víctimas a dudar de sí mismas. Al fin y al cabo, han oído una y otra vez que son demasiado sensibles, que exageran o que se imaginan cosas. O que ellas mismas tienen la culpa de cómo las trata su pareja.
Cuando por fin reúnen el valor para contarle a alguien lo que han vivido, necesitan, ante todo, una cosa: alguien que las escuche y las tome en serio.
Eso no significa que haya que creerlo todo sin comprobarlo. Pero tampoco se debe dar por hecho, de entrada, que exageran, que han entendido mal lo sucedido o que tienen la culpa.
Responder con frases como «En una relación, la culpa siempre es de los dos», «¿Por qué no se marchó antes?» o «Quizá lo ha entendido mal» puede reforzar precisamente las dudas sobre sí mismas que el maltrato ha generado.
En el peor de los casos, esto vuelve a herir a las personas afectadas. Porque, cuando una vez más nadie las cree o las toma en serio, regresan las viejas dudas. Vuelven a preguntarse si quizá están exagerando, si todo es producto de su imaginación o si realmente tienen la culpa.
Quien quiera ayudar a una persona no tiene por qué aceptar sin comprobar cada una de sus afirmaciones. Pero sí debe estar dispuesto a tomarse en serio sus experiencias.

De Mallorca al Algarve: dos mujeres, un objetivo común
Marion Schimmelpfennig y Kerstin Klabuhn no se ocupan de las consecuencias del maltrato psicológico únicamente por motivos profesionales. Ambas han vivido experiencias de este tipo y saben hasta qué punto las relaciones manipuladoras pueden transformar una vida. Conocen las dificultades de recuperar la confianza en una misma, tomar decisiones y reconstruir una vida independiente después de una relación así.
Sus trayectorias profesionales se complementan de una manera especial.
Kerstin Klabuhn aporta, como licenciada en Psicología, su formación de base científica y sus conocimientos especializados sobre la experiencia y el comportamiento humanos, así como sobre las consecuencias psicológicas de las relaciones difíciles y dañinas.
Más información sobre su trabajo en www.service-talk2me.de.
Marion Schimmelpfennig es periodista científica y autora de varios libros de divulgación. Desde 2015 trabaja también como coach. A lo largo de esta actividad ha profundizado en los procesos psicológicos, los patrones de comportamiento humano y las consecuencias de las experiencias relacionales perjudiciales. Actualmente se dedica exclusivamente a acompañar a personas que han sufrido maltrato psicológico.
Más información sobre su trabajo y sus sesiones de coaching en www.narzissmus-im-klartext.com.
Durante cinco años, Marion Schimmelpfennig vivió y trabajó en Mallorca. Hace poco trasladó su residencia habitual al Algarve portugués, donde hoy colabora estrechamente con Kerstin Klabuhn. Como sus sesiones de coaching se realizan casi exclusivamente por internet, el cambio de residencia no ha alterado su trabajo. La colaboración entre ambas tampoco está limitada por fronteras geográficas.
En su trabajo conocen una y otra vez a personas que no solo sufren las consecuencias de sus relaciones, sino que además soportan largos enfrentamientos con exparejas, administraciones públicas o tribunales.
En estos casos aparece un problema recurrente: las personas afectadas a menudo pueden describir con mucha precisión lo que les ha ocurrido, pero les cuesta explicar los mecanismos subyacentes de manera que quienes están fuera puedan reconocerlos y situarlos en su contexto.
MAR|KER: llevar el conocimiento allí donde hace falta
A partir de su trabajo conjunto y de sus propias experiencias, ambas mujeres están desarrollando actualmente un nuevo proyecto: MAR|KER.
Con él quieren apoyar en el futuro no solo a las personas que han sufrido maltrato psicológico, sino también llegar a quienes se enfrentan profesionalmente a sus consecuencias: personal especializado de los servicios de protección de menores y de entidades sociales, policía, justicia y profesionales del derecho de familia.
Tienen previsto ofrecer formación continua que ayude a reconocer y comprender mejor los patrones de relación manipuladores, la violencia psicológica y sus efectos en adultos y menores.
No se trata de acusar de manera generalizada a los profesionales de falta de competencia. Lo que ambas quieren es llamar la atención sobre un problema que puede subestimarse fácilmente en el trabajo cotidiano de las instituciones: la violencia psicológica no siempre se reconoce a partir de declaraciones o actos aislados. A menudo solo se hace evidente cuando se observan las conductas a lo largo del tiempo y en su conjunto.
Les preocupa especialmente la situación de los niños y niñas que crecen en entornos familiares sometidos a una gran tensión. También ellos pueden sufrir violencia psicológica, tanto si son objeto directo de las agresiones como si presencian la violencia entre sus progenitores.
MAR|KER pretende contribuir a que estas relaciones sean más comprensibles y a reforzar una mirada interdisciplinar sobre la situación de las personas afectadas.
Más información sobre el proyecto en www.mar-ker.org.
Reconocer la violencia es el primer paso para proteger
El maltrato psicológico no es un fenómeno marginal que afecte únicamente a personas especialmente vulnerables. Cualquiera puede ser víctima de manipulación cuando confluyen la confianza, el vínculo emocional y la transgresión gradual de los límites personales.
Por eso es tan importante desmontar el prejuicio de que las víctimas deberían haber reconocido la violencia o haberse separado antes sin más. Estas ideas ignoran los complejos mecanismos psicológicos que pueden actuar en las relaciones abusivas.
Pero la sensibilización no debe limitarse a las personas afectadas. Quienes trabajan con conflictos familiares, separaciones y experiencias de violencia también necesitan saber reconocer la violencia psicológica y distinguirla de los conflictos habituales de pareja.
Porque quien no reconoce el maltrato psicológico corre el riesgo de subestimar sus consecuencias.
Y quien quiera proteger eficazmente a las personas afectadas debe comprender primero lo que les ha ocurrido.
